lunes, 26 de octubre de 2009

Dia 16 - Roma

El día en Atenas se presentó con lluvias y una tormenta que se preparaba amenazante. Vamos… ideal para subirse a un avión. El caso es que debido a las condiciones climáticas los vuelos se demoraron y tardamos un montón en salir de Atenas. Yo estaba medio dopado por la pastilla para el vértigo así que tenía tanto sueño por la espera que no fue más que subirme y quedarme mosca antes de que levantara vuelo. Tuve suerte, porque mi compañera de viaje, que luego me confesó las ganas de huir que tenía del aeropuerto y suspender el vuelo para otro día, me contó que el avión se movía cual coctelera de Playa Paradise.

Cuando desperté ya estábamos en Roma y vendría otro inconveniente: no encontramos la empresa de transfer que nos habían recomendado de viaje “bueno, bonito y barato” y la que había nos pedía más dinero y tiempo de espera a que se llenara el vehículo, así que luego de deambular de un lado a otro con las valijas a cuestas, de ascensor a cinta transportadora, de pasillo interno a externo, de dar vueltas en círculos, decidimos subirnos a un taxi que prometió llevarnos a Términi por “más o menos 40 euros”, una barbaridad, pero entre los dos aceptamos, más teniendo en cuenta que en Italia se hace de noche a las 6 de la tarde. Al traste se fue nuestra intención de llegar temprano, al mediodía y poder usar toda la tarde para empezar a recorrer. El mal tiempo y los taxistas romanos se complotaron para escamotearnos todo un día de turismo.

Allí descubrimos de dónde provienen los taxistas argentinos, o mejor dicho los taxistas porteños, éste que nos tocó era el hermano de sangre del que nos llevó del centro de Buenos Aires a Ezeiza por la módica suma de 120 mangos a cada uno. El romano nos cobró “solamente” 60 euros, es decir más que lo que pagamos el avión Atenas-Roma. Todo por llevarnos al frente de la estación de trenes Términi que enlazaba directamente con el aeropuerto de donde veníamos nosotros y que comprobamos con incredulidad al ver los tranvías saliendo y llegando a la terminal.

Para seguir con las maravillas, el hotel que en Internet aparece espléndido, en realidad es como todos los de Roma: caro y feo. Yo ya había estado antes en Roma hace unos años parando en Hostels, es decir era más joven y menos pretensioso que ahora. Igual la distancia y el recuerdo de lo bello hace borrar las otras cosas más feas. Roma es uno de los lugares más caros de Europa y que tiene los peores hoteles para presupuestos como los nuestros, es decir limitados. A pesar de esto, la ciudad es bellísima y vale la pena ir, pero todo hay que decirlo, la hotelería es horrible, HORRIPILANTE y cara, qué digo cara, ¡carísima! Muy chantas los romanos, muy ladrones, muy mentirosos, igual que sus hermanos porteños.

Todo empeoró porque cuando llegamos al hotel, encontramos una inundación y un grupo de unos 20 adolescentes de alguna excursión que estaban siendo revisados por el encargado porque querían pasar bebidas alcohólicas de contrabando. No fue la mejor carta de presentación y menos cuando para llegar a la habitación había que recorrer un laberinto de pasillos ya que todo el hotel era un enjambre de habitaciones y puertas todas iguales. Pero bueno, nos costaba “solo” el doble de lo que pagamos en Grecia por hoteles de 4 estrellas con piscina, así que había que resignarse a que estábamos en Roma y después de todo, la habitación no era tan mala, incluso tenía ventanal a la calle, lo que era de agradecer y al final hasta nos sentimos cómodos.

Igual esa noche, al recorrer el barrio no se nos pasó la desazón, ya que los alrededores de Términi no parecen los más bellos de Roma. Como cualquier estación de trenes del mundo, pulula gente de lo más variopinta y los propios prejuicios hacen el resto, un árabe por allí, un paquistaní por allá, un africanito por acá y ya es suficiente para recluirse en la cueva.

Pero a la mañana siguiente cuando abrí la ventana y vi las paredes amarillas y naranjas, el día espléndido y el aire fresco, todo cambió, la mañana trajo consigo el sol, la luz, los vecinos parecieron más lindos y el lugar más amigable. El barrio era vital y curioso, la gente bulliciosa, las casas amarillas, la comida rica, las calles transitadas por los turistas, las voces, los ruidos, los negocios. ¡Qué lindo estábamos en Roma!








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