Este inmenso parque que comenzó su construcción en 1900 y pasó a propiedad del Municipio en 1926 tiene una entrada principal, pero la mejor forma de conocerlo es tomar el autobús que te deja en la parte alta del parque, de esta manera se lo recorre en bajada y se ahorra muchísimo esfuerzo, ya que es muy grande, y es un placer caminar disfrutando de la naturaleza, las extravagancias arquitectónicas y los músicos ambulantes que se reparten por todo el parque aprovechando la acústica de algunos lugares.















Comimos cerca del parque y nos tomamos el metro hacia el Montjuïc para subir al Castell de Montjuïc, un castillo que se alza en lo alto de la montaña desde el 1022 en que se construyó el Castel del Port hasta que en 1750 fue transformado en fortaleza y en 1808 ocupado por las tropas napoleónicas y usado como prisión. Este histórico castillo también es un símbolo en Barcelona ya que allí se encarceló y fusiló a prisioneros políticos en la época del dictador Franco.
Desde el metro tomamos el Funicular que nos llevó hacia la base de un Teleférico que sube hasta el castillo.



Lo que no nos esperábamos era que toda la montaña a esa altura estaba cubierta de una espesa niebla que no permitía distinguir nada a unos pocos metros, así que las vistas de Barcelona y del mar desaparecieron y el lugar se parecía más a algún castillo medieval de Escocia que del Mediterráneo.






En este histórico lugar una paloma irrespetuosa tomó vuelo dejando tras de sí un regero de restos orgánicos que cayeron como una bomba sobre mi cabeza y rostro. Por si no se entiende la figura lo digo sin eufemismos: me cagó una paloma. Pero no fue una caquita así nomas, fue una paloma con diarrea y para qué contar más, ya la situación era demasiado vergonzosa para ahondar en detalles. Por suerte tenía en mi mochila la botellita de agua que nunca me falta y un rollo de papel higiénico que me había robado del bar donde comimos al mediodía, quizás como una especie de acto premonitorio.
A este punto hay que aclarar que no soy cleptómano, sino que por ningún lado en Europa se usan servilletas, quizás por un problema ecológico, no lo sé, pero es muy molesto no tener nada con que limpiarse al terminar una comida, más teniendo en cuenta lo aceitosas que son algunas. A pesar de la maldita paloma el paseo valió la pena ya que luego de subir al Teleférico de regreso, en lugar de tomar el Funicular decidimos bajar caminando el resto de la montaña, ya que vimos un cartel que nos anunciaba que cerca de allí estaba la Font del Gat, la Fuente del Gato por la que nuestra compañera Ana nos había preguntado, origen de una canción que le cantaba su abuela.


Fue la mejor decisión posible, porque el parque que está construído sobre esta montaña es muy lindo, lleno de lugares para descansar, de fuentes y por supuesto la Font del Gat. Al lado de ella se construyó un restaurante que funciona hasta el mediodía.










En la base de la montaña se encuentra el Poble Sec, un barrio lleno de árboles y de gente muy amable. Particularmente nos interesó cruzarlo por una calle arbolada, tranquila y con una linda Plaza del Surtidor, ya que tiene en el centro una fuente pública muy antigüa.



Luego de reponernos con un café caminamos por la Av. Paral.lel hasta los Drassanes Reials, las viejas edificiones portuarias que se ubican al final de las Ramblas frente al Monumento a Cristóbal Colón.
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