miércoles, 14 de octubre de 2009

Dia 4 - Mikonos

Llegó el día de la prueba “del agua”, así que tempranísimo el grupo se encaminó hacia El Pireo y sin más trámites nos embarcamos en el inmenso ferry que nos llevaría a navegar por las islas.

La primera sorpresa fue enterarnos que no teníamos asientos y tampoco podíamos ocupar los disponibles, a pesar de lo que dijo la tonta que nos vendió el pasaje. Por unos pocos euros más hubiera podido ir cómodamente durmiendo, porque a pesar de que el barco no se movía mucho, igual se balancea y 8 horas de balanceo afectan a cualquiera aunque no tenga vértigo, a mí que no me mientan.

La segunda fue mucho más placentera, pasamos navegando e incluso el barco realizó paradas por un par de islas. La prueba de que subí con ánimo es esta foto con feliz semblante a pesar de la temprana hora de la mañana.



E incluso esta otra tomada al grupete por un servidor mientras se “entretenían” en la cubierta del barco, y yo trataba de no quedarme dormido, más que nada por miedo a caerme al agua y que nadie se diera cuenta.



Y también como regalo extra una amenazante nube negra que con preocupación veía que venía siguiéndonos, se transformó de repente en una bella imagen con el sol naciendo y desapareció finalmente en el horizonte.



Así que como ya dije, las horas pasaron lentas… lentas… lentísimas hasta que cuando menos lo esperaba apareció como de la nada algo que despertó al personal, ¡Tierra! grité cual marinero de La Pinta, ¡por fin tierra a la vista!- me emocioné y comencé a gatillar la máquina de fotos.



Eran las islas de Siros y Tinos, ambas muy similares, un enjambre de casas que se montan unas sobre otras hasta llegar a iglesias, que parecen la cúpula del pueblo.







Finalmente, el barco arribó a destino: Mikonos, quizás la más famosa de las islas griegas. Allí nos esperaba un hotel, de los mejores de nuestra travesía, en lo alto de la ciudad, un mate bajo las sombrillas de la terraza y “artística” pose al borde de la piscina con vista al mar.



Antes de que cayera el sol, visita obligada al pequeño puerto de la ciudad, donde el amigo Ponti comenzó una de sus tantas exploraciones en la marina, como se aprecia en el fondo de la foto



Caminamos a la orilla del mar, con un ojo en el agua cristalina y otro en las mesas de los restaurantes. No sé, pero el mar da hambre, decia mi abuela.



Y luego de la restauración, mariscos para la mayoría y pasta, como siempre para un servidor, el grupo decidió caminar un rato por las pintorescas calles con sus casas blancas, esperando que oscureciera, cosa que no tardo en suceder, antes de emprender la subida hacia el hotel.



Por la noche, en el horizonte apareció un iluminado crucero al más puro estilo fantasmal de Amarcord, solo faltaba el ciego y la música. Era hora de irse a dormir.



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