El día amaneció gris y lluvioso, así que húmedos y con paraguas subimos la colina que nos llevó a la Acrópolis. Ese día me dejó una linda camperita de lluvia que tuve que comprar y hermosas imágenes, que quizás por esperar menos de lo que era –otra vez apreciaciones ajenas sobre que "no hay nada, solo piedras amontonadas y monumentos en ruinas”- me asombró.

El conjunto me pareció muy grande y hermoso, ya desde el pórtico de entrada, donde por la pura emoción de inmortalizar el momento, hice rodar por tan históricas escalinatas mi máquina de fotos nuevita, que por suerte sobrevivió al accidente. Sobre las escaleras se encuentran los Propileos (432 a.C.), la espectacular entrada al recinto.
A la derecha de la escalera (s.I.a.C.) están los restos del Templo de Atenea y a la izquierda se observa el pedestal de lo que fue el Monumento de Agripa.
Pasamos luego por el Odeón de Herodes, con sus arcos, gradas y su hermoso piso.
Y por fin vino el punto que acapara todas las miradas, el monumental Partenón (447-432a.C.). Me emocionó estar en frente de algo que vengo mirando en fotos desde que era un niño. Es más grande de lo que esperaba, y me pasó como casi siempre, más que lo que veo es lo que imagino, asi que veo en él cómo fue en su origen y esa es la fuente de la emoción, estar en el mismo lugar y paseando por la misma calle que caminaron "ellos".
Después de un rato, de rodear una y otra vez el monumento, fui a buscar uno de los más famosos templos de la Acrópolis, el Erectión, el santuario de dioses y héroes mitológicos (421 a.C.), con sus columnas jónicas y detalles de capiteles.

Y a su lado, el lugar más fotografiado de la Acrópolis: las Cariátides, que aunque reproducciones –las originales están en el museo- también impresiona verlas.
El resto fue una caminata solitaria por el conjunto y contemplar un rato los monumentos en silencio.
Pero, el dia pasaba y había que bajar para poder seguir con el recorrido, así que me reuní con los demás y emprendimos el descenso por la otra parte de la colina, donde encontramos los restos del Teatro de Dionisio (s.VI a.C.), que además de sus conservados asientos, tiene un maravilloso piso con un conjunto escultórico.

Nora y Alberto siguieron el camino viendo los otros restos, pero Male y yo nos quedamos un rato, un poco emocionados, sentados en el anfiteatro.
Nos reunimos luego para ir al Museo de la Acrópolis, donde también almorzamos en su linda terraza con vistas a la Acrópolis. En el museo están las Cariátides originales y tiene una buena colección de estatuas y objetos hallados en el recinto arqueológico.

Posteriormente emprendimos el camino hacia el Ágora, dejando atrás este hermoso lugar que acompañó toda la estadía en Atenas como un paisaje de fondo, en la altura, alejándose y acercándose siempre.
Caminamos un rato perdidos bordeando la Acrópolis, siguiendo el GPS de Ponti que guiaba nuestros pasos, aunque no de manera tan eficiente como se suponía. Ya estabamos por empezar a protestar contra el guía, cuando finalmente llegamos al famoso Ágora, centro de la vida pública de la antigua Atenas, con sus calles y templos.
La calle o avenida principal, la llamada “vía de las Grandes Panateneas”, es un trazado a cuyo margen se encuentran los restos de lo que fue el Ágora, como por ejemplo, las columnas de entrada al Gimnasio.
Caminando por el conjunto, prácticamente un parque público, se llega al monumento más famoso y mejor conservado: el Hefestión o Teseion, ya que la leyenda cuenta que allí está enterrado el héroe Teseo.
Fue construido por Pericles entre el 449-445 a.C. en honor de Hefesto y Atenea. Sus columnas dóricas y su emplazamiento es impresionante y cuando el sol penetra por los costados del templo, se crea un efecto solemne.
El dia ya se iba y de repente comenzaron a sonar los silbatos de los guardias del recinto, así que como no era cuestión de quedarse encerrados y pasar la noche entre los fantasmas de griegos antiguos, salimos hacia el otro lado del Ágora.
Allí se encuentra el movido barrio de Psiri, lugar de moda entre turistas, con sus restaurantes, bares y negocios de venta de souvenirs. Aunque solo caminamos un rato por la Ermou y volvimos luego nuestros pasos, ya que casi enseguida se hizo de noche y después de tanta caminata el hambre apretaba.
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