Así que quedé lo suficientemente relajado para dormitar durante el viaje mientras algunos pasajeros dejaban el contenido de sus estómagos en diversas partes del buque. Ponti, atento a todo, quiso ir a mirar y/o controlar a los enfermos y fue tildado por Nora de “asqueroso”. Muchas bromas, muchas olas y al fin llegamos sanos y salvos. Como conclusión, al que le guste que lo disfrute, no es mi caso.
Santorini es tan espectacular en su llegada al puerto que no atiné a sacar ni una foto, más que a mirar con la boca abierta hacia arriba. Allí fuimos, en una combi superando un camino de cornisa en curvas que tuvo también su emoción hasta que llegamos a Fira, la capital. Pero pasamos de largo, porque nosotros íbamos a Firostefani, la localidad que queda al lado y desde donde dicen se puede ir caminando. Si, claro, si sos maratonista y estás en forma, podés subir y bajar por una ruta sin veredas de ningún tipo. Como nosotros no lo somos, alquilamos un auto y nos fuimos a cenar a Fira con la esperanza de ver algún ser humano, ya que la ciudad donde parábamos estaba prácticamente vacía y los negocios cerrando por falta de interesados. Lástima porque era lindo el lugar si hubiera estado habitado.
Llegamos a Fira en un santiamén, porque es verdad que quedaba muy cerquita, un poco reticentes a lo pudiéramos encontrar, ya que nos parecía que la isla estaba desabitada. Como la isla se formó por una explosión volcánica, me pregunté si habría algo que no supiéramos. Pero las dudas se disiparon enseguida, porque en Fira, sí que había gente y lugares para comer y comprar.

No estábamos con mucho ánimo de recorrer ese día, así que por suerte encontramos una taberna bastante linda para cenar esa noche, y con la panza llena el sueño comenzó a atacar.
La pregunta es, si Fira estaba tan bien, ¿por qué nos fuimos a Firostefani, digo yo? Bueno, al siguiente día recordaríamos que fue por estar sobre la espectacular “caldera”, un impresionante acantilado de 300 metros sobre el que penden las casas como colgadas en el precipicio.
Allí fuimos testigos de uno de los bellos atardeceres que hacen famosa a la isla.
De cualquier manera, el hotel al que fuimos era tan esperpéntico como siniestra su encargada y desató la primera controversia en el grupo. Se armaron dos bandos, los que nos queríamos ir inmediatamente y los que se querian ir al día siguiente porque ya habíamos arreglado para esa noche. Ganaron estos y nos fuimos a dormir con un viento infernal que aullaba entre las ventanas y que por suerte no se repitió los días siguientes. Nos dormimos entre los chillidos de las puertas, la oscuridad de una ciudad vacía, la novia de Frankenstein -alias "encargada" del hotel- que desapareció de forma misteriosa y en mi caso, algo con cuatro patas y dintel que alguna vez fue una cama y hoy era una cosa aterradora con una especie de tul colgando de un artefacto en el techo que amenazaba con caer sobre mi cabeza. ¿Por qué a mi me tocó esa cama y a los demás no? ¿Quién soy yo, Luis XV? Bueno, igual al rato me dormi resignado a no tener ni televisor en la pieza, así que al día siguiente, huimos apresurados a otro hotel cercano con casi el mismo nombre "Kafieris", pero bastante mejor y con una ubicación espectacular sobre la caldera.
Para ilustrar un poco más el tema, he aquí un mapa de la isla, la “caldera” queda en el hueco de la medialuna. Del lado de la "panza" están las playas.
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